miércoles, 25 de mayo de 2011

La Leyenda de los Magos. (La leyenda de Hiram, parte III)

 Con autorización del blog Propos maconniques. www.troispoints.info/
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 Las ilustraciones se reproducen con permiso de Phoenixmasonry, del libro Pocket Companion de Robert Macoy, 1867.
http://www.phoenixmasonry.org/masonicmuseum/1853_macoy_monitor.htm
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Los francmasones tienen una filiación mítica fundada simbólicamente sobre la leyenda de Hiram.
Aquí, en su totalidad, la leyenda profundamente esotérica que constituye la trama del ritual del grado de Real Arco. 
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Leyenda de los tres magos que visitaron la Gran Bóveda y descubrieron el Centro de la Idea.

Mucho tiempo después de la muerte de Hiram y de Salomón y todos sus contemporáneos, después que los ejércitos de Nabucodonosor destruyeran el reino de Judá, arrasaran la ciudad de Jerusalén, derribaran el Templo y redujeran a la cautividad a la población que no había sido masacrada, ahora que el monte Sión no era mas que un desierto árido donde pastaban cabras flacas guardadas por beduinos famélicos y ladrones, una mañana, tres viajeros arribaron al paso lento de sus camellos.

Eran los Magos, los iniciados de Babilonia, miembros del Sacerdocio Universal que llegaban en peregrinaje y exploración a las ruinas del antiguo santuario.
Después de un frugal refresco, los peregrinos comenzaron a recorrer el desvastado paisaje. Los muros aplastados y los fustes de las columnas les permitieron determinar los límites del Templo. A continuación examinaron los capiteles derribados sobre la tierra, recogiendo piedras para descubrir inscripciones y símbolos.

Mientras procedían a esa exploración, debajo de un trozo de muro y en medio de las astillas descubrieron una excavación. Era un agujero ubicado en el ángulo sud del Templo, asi que se dedicaron a tratar de agrandar ese hueco. Después, uno de ellos, el de mas edad que parecía ser el jefe, se tendió sobre el vientre cerca del borde, para mirar el interior.
Era el mediodía, el sol brillaba en el cenit y los rayos caían casi verticalmente en el hoyo. Un objeto brillante golpeó los ojos del Mago. Llamó a sus compañeros que se ubicaron de la misma forma para mirar. Evidentemente era un objeto digno de atención, sin duda una joya sagrada.
Los tres peregrinos se decidieron a investigar. Deshaciéndose de sus cinturones, los ataron unos con otros y arrojaron una punta dentro del hoyo. Ahora dos de entre ellos se aferraron entre sí para sostener le peso del que descendía.
Ese, que era el jefe, agarrado a la cuerda, desapareció por el agujero.
Mientras que efectuaba ese descenso, veamos de qué se trataba el objeto que atrajo la atención de los peregrinos.
Para eso, debemos remontar muchos siglos hacia atrás, justo a la escena de la muerte de Hiram. Cuando el Maestro estaba frente a la puerta de oriente, recibió el golpe del segundo de los malvados Compañeros, y huyó para ganar la puerta del Sud; pero todo se precipitó y temiendo ser perseguido y encontrarse con un tercer malvado Compañero.
Saca de su cuello una joya que llevaba suspendida de una cadena de setenta y siete anillos y lo arroja por el hoyo que se abría en el Templo en la esquina del lado Este y Sur.
Esa joya era un Delta de una palma de lado hecha del mas puro metal en el que Hiram, que eran un iniciado perfecto había grabado el Nombre Inefable y que llevaba sobre sí , la cara hacia adentro, solo el reverso estaba expuesto a las miradas, no mostrando mas que una sola cara.
Así que ayudándose con manos y pies, el Mago descendió a la profundidad del hoyo y constató que la pared estaba dividida como con anillos hechos en piedras de diferentes colores con una curvatura alrededor de cada uno.

Al llegar al fondo, contó esas zonas y comprueba que estaban en numero de diez.
Mirando hacia abajo vió la joya de Hiram, la recoge, la contempla y comprueba con emoción que llevaba inscripto el nombre inefable que él conocía por ser también un iniciado perfecto.
Debido a que sus compañeros no habían llegado a la plenitud de la iniciación y no podían leerla, suspendió la joya de su cuello por la cadena, con la cara hacia abajo como había hecho el Maestro.
Mirando a su alrededor, comprueba la existencia en la muralla de una abertura por la cual podía penetrar un hombre. Entra y marchando a tientas en la oscuridad, sus manos dieron con una superficie que al contacto parecía ser bronce.
Retrocede, volviendo al fondo del hoyo y advirtiendo a sus compañeros que le tuvieran firmemente la cuerda y lo eleven.
Al contemplar la joya que ornamenta la garganta de su jefe, los dos magos se inclinan delante de él adivinando que había sufrido una nueva iniciación.
Les habló de lo que había visto, de la puerta de bronce. Pensaron que allí había un misterio y deliberando resolvieron partir a descubrirlo.

Fijando un extremo de la cuerda hecha con los tres cinturones sobre una piedra plana que estaba frente al hoyo y sobre la que se leía aún la palabra “Jakin”.
Hicieron rodar un fuste de columna en forma de barril donde se veía la palabra “Boaz”, después de asegurarse que la cuerda podría soportar el peso de un hombre.
Dos de entre ellos hicieron un fuego sagrado con la ayuda de un palo de madera que hicieron girar entre las manos sobre un trozo de madera blanda.
Cuando la madera tendía a calentarse, soplando provocaron la llama. En ese momento el tercero había traído del equipaje de los camellos tres antorchas de resina que usaban para espantar a los animales salvajes en sus campamentos nocturnos.
Las antorchas fueron sucesivamente acercadas a la madera encendída y ellas mismas se inflamaron de fuego sagrado.
Cada Mago con una antorcha en la mano se dejo deslizar a lo largo de la cuerda hasta el fondo del agujero. Una vez allí, se introdujeron bajo la guía del jefe en el pasadizo que conducía a la puerta de bronce. Una vez delante de ella el Mago mas viejo la examina atentamente a la luz de su antorcha. Y comprueba que en el medio existe un ornamento en relieve con la forma de una corona real rodeada de un círculo compuesto de puntos en número de veinte.
El mago queda absorto en una profunda reflexión, y al pronunciar la palabra “Malkuth”  de repente la puerta se abrió.
Los exploradores se encontraron delante de una escalera que se hundía en el suelo. Bajaron con la antorcha en la mano contando los escalones. Al descender tres se vieron frente a un espacio triangular que en su lado derecho tenía una nueva escalera.
Siguieron y después de cinco escalones otro espacio de la misma forma y dimensiones.
Esta vez la escalera continuaba al lado derecho y se componía de siete escalones.
Ante un nuevo recinto, descendieron nueve escalones para encontrarse finalmente ante una segunda puerta de bronce.
El viejo Mago la examina como a la anterior y constata la existencia de otro ornamento en relieve que representa una piedra en ángulo rodeada también de un círculo de veintidós puntos.
Pronuncia la palabra “Iesod” y la puerta se abre a su turno.
Los magos entran en una vasta sala abovedada y circular sonde la pared está ornada de nueve fuertes nervaduras que partiendo del suelo se reencuentran arriba,  en un punto central .
 A la luz de las antorchas,  buscan otra salida distinta a la que habian llegado, examinando las nervaduras una después de la otra; no hallan otro punto de escape y comienzan a retirar pero de repente llama.
En un oscuro rincón descubre una nueva puerta de bronce. Esa puerta tiene el símbolo de un sol radiante inscripto en un círculo de veintidós puntos. El Mago jefe pronuncia     “Nefzath”, se abre dando acceso a un segundo salón.
 Sucesivamente los exploradores franquean cinco puertas igualmente disimuladas y atraviesan nuevas criptas. Sobre una de las puertas se halla una Luna resplandeciente, una cabeza de león, una curva suave y elegante, una rela, un rollo de la ley, un ojo, y en fin una corona real.
Las palabras pronunciadas fueron sucesivamente “Hod, Tipheret, Chesed, Geburah, Chokmah, Binah y Kether”            
Al entrar en la novena bóveda, los Magos quedaron sorprendidos, asombrados y temerosos: el sitio no estaba sumido en la oscuridad, por el contrario estaba brillamente  iluminado. En el medio se ubicaban tres luminarias de una altura de once codos, cada una de tres ramas. Las lámparas, que seguían brillando después de siglos, de la destrucción de Judá, la ruina de Jerusalén y el derribamiento del templo no se habían extinguido, brillando con una luz encendida, luz a la vez dulce e intensa que llegaba a todos los rincones y a todos los detalles de la maravillosa arquitectura de esa bóveda sin par tallada en la roca misma.
Los peregrinos extinguieron sus antorchas que ya no eran necesarias, dejándolas en la puerta, descalzándose y recogiéndose los cabellos como ante un lugar santo, avanzaron inclinándose nueve veces ante las luminarias.
En la base del triángulo formado por esas lámparas se hallaba un altar de mármol blanco
Cúbico de dos codos de alto. Sobre la cara superior estaban grabadas en oro puro las herramientas de la masonería: la regla, la escuadra, el compás, el nivel, la trulla y el mallete.
Sobre la cara lateral izquierda se podían ver figuras geométricas, el triangulo, el cuadrado, la estrella de cinco puntas, el cubo. Sobre la cara lateral derecha se leían los números: 27, 125, 343, 729, 1331. Y por fin sobre la cara trasera estaba representada la Acacia simbólica.
Encima del altar se posaba una piedra de ágata de tres palmos de lado y en ella escritas en letras de oro. la palabra “Adonai”. Los dos magos se inclinaron venerando el Nombre de Dios; pero su jefe moviendo la cabeza les dijo: “es tiempo de que recibáis la ultima enseñanza que hará de vosotros los iniciados perfectos. Ese nombre no es mas que un símbolo vano que no expresa realmente la Concepción Suprema”
Colocó las dos manos sobre la piedra de ágata, volviéndose a sus discípulos: “Mirad, la Concepción Suprema, vosotros estáis en el Centro de la idea”
Los discípulos abrieron la boca para pronunciar las letras Iod, he Vau, He, pero él gritó: “Silencio! Es la palabra inefable que jamás debe pronunciarse”.Dejando la piedra ágata sobre el altar, saca de su cuello la joya del Maestro Hiram y les muestra que tiene grabados los mismos signos.
Aprended ahora, les dijo, “que ni Salomón hizo edificar este hipogeo abovedado ni construyó los ocho precedentes ni ocultó aquí la piedra ágata.
La piedra fue ocultada por Enoch, el primero entre todos los iniciados. El Iniciado Iniciador, que no murió sino que sobrevive en todos sus hijos espirituales.
Enoch vivió mucho tiempo antes de Salomón, antes del diluvio mismo. No se sabe en que época se levantaron las ocho primeras bóvedas ni cuando fueron talladas en la roca misma”.
A continuación los nuevos Grandes Iniciados desviaron su atención del altar y la piedra ágata para contemplar el techado de la Sala que se perdía en una altura prodigiosa.
Atravesando la vasta nave donde sus voces despertaban repetidos ecos. Llegaron a un  portal cuidadosamente disimulado sobre el que se veían el símbolo de un jarrón roto.
Se dirigieron a su Maestro diciéndole: “Abrid, nos encontraremos con un nuevo misterio”.
“No, respondió, no es posible abrir esa puerta. Hay un misterio, pero es un misterio terrible, un misterio de muerte.
Oh! , quieres esconderlo para ti!, lo abriremos nosotros mismos de cualquier forma.
Y comenzaron a pronunciar todas la palabras que le habían oido decir a su Maestro, pero como no producían efecto alguno comenzaron a decir las que pasaban por su mente.
Estaban por renunciar hasta que uno de ellos dijo por fin: “no podemos continuar hasta el Infinito”.
Y al decir “En Soph”, la puerta se abrió violentamente, los dos imprudentes fueron arrojados al suelo, un tornado se engolfó en la bóveda apagando las luminarias mágicas.
El Maestro se precipitó a la puerta agachándose, llamando a los discípulos y con sus esfuerzos reunidos lograron cerrar la puerta.
Pero las luminarias mágicas ya no volvieron a brillar. Los Magos, sumergidos en las mas profundas tinieblas se juntaron a la voz de su Maestro que dijo:
“Ay, ese suceso terrible era de prever. Estaba escrito que cometierais esa imprudencia. Nos hallamos en serio peligro de perdernos en estos subterráneos desconocidos de los hombres. Probaremos de salir  atravesando las ocho bóvedas y volver al hoyo por el que descendimos. Nos tomaremos de la mano y marcharemos hasta hallar la puerta de salida. Y recomenzaremos en todas las salas hasta que arribemos al pie de la escalera de veinticuatro escalones, esperemos poder llegar”
Y así lo hicieron, pasando horas de angustia pero sin desesperar. Al fin arribaron al pie de la escalera de veinticuatro escalones, que subieron por 9, 7, 5 y 3 encontrándose por fin al fondo del pozo.
Era medianoche, las estrellas brillaban en el firmamento; la cuerda de cinturones pendía aún. Antes de dejarse remontar por sus Compañeros, el Maestro les muestra el circulo demarcado sobre el fondo del cielo por la boca del pozo y les dijo:
“Los diez círculos que hemos visto al descender representan también las bóvedas o arcos de la escalera; la última corresponde al numero once, es la que hizo soplar el viento del desastre, es el cielo infinito con las luminarias fuera de nuestro alcance”
Los tres Iniciados regresaron al recinto con las ruinas del Templo, giraron de nuevo el fuste de columna sin que se viera la palabra “Boaz, sin pronunciar una palabra, sumergidos en una profunda meditación bajo el cielo estrellado, y en medio del silencio de la noche se encaminaron al paso de lento de sus camellos en dirección a Babilonia.
Eusthènes  6 février 2011          
 
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Para consultar el archivo de trabajos (en francés) del blog Propos maconniques, el enlace siguiente:


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