jueves, 3 de febrero de 2011

El Templo Masónico del siglo XVIII. Un espacio de paz religiosa y diálogo interconfesional. (I).

Esta publicación cuenta con la expresa autorización de su autor:
Pierre- Yves Beaurepaire.
.
Université de Nice Sophia –Antinópolis. Centre de la mediterranée Moderne et Contemporaine.

Título original:
LE TEMPLE MACONNIQUE
Un espace de paix religieuse et de dialogue interconfessionnel
dans l’Europe du XVIIIe siècle.
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 Resúmen: 

En esta contribución, el autor muestra como la Francmasonería de Europa en el siglo 18 participó- aunque solamente hasta cierto punto- de una cierta modernidad, al hacer de sus logias, espacios o “laboratorios” de ecumenismo y cosmopolitismo, introduciendo lo universal de su época donde las disensiones entre confesiones se mantenían muy fuertes- circunstancias que rápidamente arruinarían las primeras esperanzas alimentadas en una solidaridad masónica supraconfesional, que se alcanzaría solo mucho mas adelante.
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Texto integral.
1.
La Francmasonería especulativa nació y se expandió por Europa en el contexto de la crisis de conciencia europea de los años 1680-1715 estudiada por Paul Hazard en una obra que hizo época (1).
Sus mitos y relatos de fundación pusieron el acento sobre la necesidad de reabrir la Torre de Babel y de hacerla el símbolo de la armonía entre los hombres.
La pérdida de sentido, la palabra perdida, la imposibilidad de comunicarse con un extranjero y de transmitirle su saber, eran las obsesiones de los hermanos.
La leyenda de Hiram, los hallazgos míticos en Egipto y en China de los vestigios del Arte Real, pero también la arqueología de la memoria masónica a la que se entregaban los francmasones anticuarios de la Gran Logia de Londres de los primeros decenios del siglo, lo atestiguan.
El templo del Gran Arquitecto del Universo es Babel, pero una Babel enderezada. Si bien la arrogancia de los hombres había precipitado su caída, dispersado a los obreros que se volvieron incapaces de comunicarse entre sí y de acordar, los obreros del Arte Real vuelven a elevar una nueva Babel, un templo a la concordia y a la armonía, donde la comunicación entre los obreros será restaurada por la práctica de una verdadera  “Koiné,” aquella lengua de signos y toques masónicos- el “lenguaje universal” que evoca el abate Prevost en el verano de 1737, y permite a dos francmasones reconocerse como hermanos.

2.
En esa Europa en curso de secularización- el proceso es lento y no lineal- pero aun traumatizada por los enfrentamientos confesionales de los dos siglos precedentes, el proyecto toma una relevancia muy particular.
La mitad de los que prevalecen en la Gran Logia para la redacción de las Constituciones de 1723 están muy ligados a la Royal Society newtoniana y a los latitudinarios favorables a la apertura hacia los “disidentes” protestantes que habían participado en la lucha contra Jacobo II Estuardo y sus partidarios de una monarquía absoluta y papista.
Como ha escrito Jerome Rousseau-Lacordaire, “no había en Inglaterra un único protestantismo, sino protestantismos atravesados por una corriente de fondo: La “New o Experimental Philosophy”(2)
Recordemos que el coordinador de la redacción de las Constituciones, el pastor  James Anderson que pertenecía a la Iglesia oficial en Escocia, la poderosa Kirk presbiteriana, era un disidente para Inglaterra, donde la Iglesia anglicana era la oficial.
Las Constituciones mismas fueron inspiradas por Jean-Téophile Desaguliers, pastor anglicano de origen hugonote- su familia era de la Rochela- tercer Gran Maestre de la Gran Logia de Londres y líder del newtonianismo.
Una vez excluidos los ateos, los antitrinitarios-heréticos por excelencia-; los libertinos- en el sentido de deístas- y evidentemente los católicos, los templos masónicos pudieron permitir a los disidentes de participar en la vida social y efectuar ese reencuentro de hombres que “de otro modo hubieran permanecido perpetuamente a distancia”. Las Constituciones traducen la influencia del latitudinarismo.

 “(Artículo primero de las Obligaciones). Concerniente a Dios y la Religión.
Un masón está por su compromiso, sujeto a obedecer la ley moral, y si comprende bien el Arte (real) no será jamás ni Ateo estúpido ni Libertino irreligioso. Aunque los masones de antiguos tiempos estaban obligados a ser en cada país de la religión de esa nación, sea cual fuere esta, se juzga hoy mas apropiado obligarlos a esa religión en la cual convienen todos los hombres, dejando a cada cual sus propias opiniones; es decir ser hombres de bien y sinceros, u hombres de honor y probidad, bajo las denominaciones o creencias que les pudieran distinguir; así la masonería se convertirá en el Centro de unión y el medio de fomentar una amistad fiel entre personas que de otro modo hubieran permanecido a perpetua distancia.”

3.
Los latitudinarios se apegaban a las Escrituras mas como forma de vida que como cuerpo dogmático y normativo; estimaban que el acuerdo acerca de lo esencial autorizaba el desacuerdo acerca de lo accesorio, estando la razón antes que el Espíritu, como primer intérprete de la Escritura. Numerosas figuras de prédica del latitudinarismo eran miembros de la Royal Society.
Por otra parte, los latitudinarios vieron recompensados por Guillermo II sus esfuerzos por apoyar a la Revolución Gloriosa: Edgard Stillingfleet  pasó a ser Obispo de Worcester, John Tillotson arzobispo de Canterbury, al igual que Thomas Tennison. En los sermones y escritos justificaban su tolerancia hacia aquellos a los que se acostumbraba denominar como no conformistas.
En 1686, ya John Tillotson escribía a William Penn: “Me he esforzado siempre  en mantener como principio de vida que no careceré de humanidad o caridad para los que profesen una opinión divergente de la mía”.(3)

El latitudinarismo propicia un acercamiento entre los diferentes protestantismos, mas allá del rigorismo presbiteriano, de esencia calvinista y del formalismo anglicano que emana claramente de la proximidad formal al catolicismo. Solo los unitarios, que rechazaban el dogma de la Santa Trinidad, estaban claramente estigmatizados como heréticos.
Por otra parte, en 1733, James Anderson los condenará sin apelación en su “Unity in Trnity and Trinity in Unity, being a dissertation against idolatrers, Modern  Jews and Antitrinitarians” por lo que había disidentes “malos y buenos”; la influencia del latitudinarismo y sus representantes dentro de la Royal Society se vuelve esencial para comprender el espíritu previo a la redacción de las Constituciones de la Gran Logia.
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